Fecha: 15/Oct/2021

Fuente: https://www.eltiempo.com

Si bien los likes no deben ser la meta, sí ayudan a alcanzarla y, por ello, vale la pena mostrar las buenas acciones en redes sociales, medios alternativos e incluso en los estados de WhatsApp. Ideal si se hace para inspirar a los seguidores o a los contactos, y no desde la vanidad.

Sin embargo, el profesor de Liderazgo de Eafit César Mejía Acosta asegura que, si la idea es mover a más personas al ejercicio de la amabilidad, es mejor contar los “regalos para la humanidad” por ego, que callarlos por ley.

“Prácticas como la bondad, la amabilidad y el altruismo deben ser presenciadas para ser contagiadas; es decir: guardar ese buen acto en el rincón de los recuerdos individuales solo sirve a intereses propios, para la ‘egoteca’ y quizás a la paz espiritual personal, mas no sirve al contagio”, escribe en su libro El contagio de la amabilidad.

De ahí la importancia de revaluar creencias, aun las que han sido casi mitos fundacionales. “En las conferencias que dicto les digo a los asistentes: ‘Ustedes conocen a una persona que, por todo el tema de la pandemia, está aguantando hambre (en términos coloquiales) y la van a ayudar con un mercado para que sobreviva con sus hijos, por uno o dos meses’. Les pregunto: ¿ustedes mostrarían ese mercado? Y la reacción de la gente, usualmente, es ‘¡No, que la mano izquierda no se entere de lo que hace la derecha!’, reaccionan enardecidos. Y vuelvo a cuestionarlos: ‘¿Qué harían si les digo que están equivocados?’”.

Y para comprobarlo, el antioqueño va más allá de los libros sagrados que promueven el trabajo por el otro en silencio. “El fondo de esto –asegura Mejía– que aparece en la Biblia, por ejemplo, es el amor. Entonces, la idea es demostrar el amor; eso sí, no hacerlo desde el ego y la vanidad” sino a la luz de la ciencia, de la psicología y la comunicación para el cambio de conductas y el mercadeo social.

Hay que hacer que la amabilidad se contagie

Un estudio hecho en 2016 por Jamil Zaki, profesor de psicología de la Universidad de Stanford, publicado en la revista Scientific American, demostró que un alto porcentaje de quienes presenciaban una donación sentían la ‘obligación’ no solo de seguir el mismo patrón de comportamiento sino de multiplicar sus aportes.

Por eso la insistencia del autor por compartir las buenas acciones y, en términos contemporáneos, hacerlas virales. “En época navideña, con unos amigos les organizamos fiestas a los niños de barrios de escasos recursos de Medellín y les llevamos regalos. En una ocasión apliqué la teoría de Jamil Zaki, y cada regalo que me donaban yo lo publicaba en mis redes sociales. Por cada post recibía tres, cuatro y cinco regalos. En 15 días logramos recoger 450 regalos de 15 países, solo por mostrar uno en mis redes”.

Y si bien Facebook, Instagram, Twitter o TikTok son grandes aliadas, no todo el mundo tiene cuentas en alguna de ellas o no les interesa ser influenciadores de las buenas acciones. Por ello este enfoque es aplicable a las organizaciones.

“Está muy de moda hablar de trabajo en equipo. Entonces, se llevan a las empresas a la montaña a que hagan cursos, con cuerdas y demás. Pero llegan y los equipos siguen sin rendir y entonces planteo que se trata por problemas de relacionamiento; quienes integran un equipo no se tratan bien (porque con este tengo problemas, con el otro, roces) y por ello quise demostrar que la amabilidad tiene beneficios no solo para el individuo, sino para incrementar el rendimiento empresarial”.

¿Cómo contagiar la amabilidad en el lugar de trabajo? Fácil: toda gira en torno a un café. En 2008 el psicólogo de la Universidad de Yale John A. Bargh y el profesor de mercadotecnia de la universidad de Colorado Lawrence E. Williams aseguraron que llevar en las manos una bebida caliente o fría puede influir en la percepción que se tiene del otro. Su estudio, publicado en la revista Science, cobra vigencia bajo la óptica de Mejía.

“Cuando dos personas tienen una rencilla laboral y deciden hablar, una de las partes invita a la otra a toma un café. La temperatura de la bebida ofrecida por el otro crea un ambiente cálido y facilita la conversación”, añade el antioqueño.

Desmontar falsos preceptos sobre la amabilidad

César Mejía invita a replantear preconceptos que se tienen sobre este tema:

Si soy amable, soy débil: al contrario, la ciencia demostró que las personas que son amables tienen mayor fortaleza cerebral “porque se mantienen casi estables ante la crisis: no reaccionan, no gritan, y los estudios que demuestran que mientras mayor fuerza tiene la reacción de una persona, menor será su coeficiente intelectual”, dice Mejía Acosta.

Es producto del cerebro y no del corazón: para reaccionar, la persona no necesita planear. “Si me hablan fuerte yo hablo más fuerte casi por instinto; pero para ser amable necesito mucho control y si noto que me están gritando debo analizar cómo voy a aguantar para no responder de la misma manera. Ahí entra un componente mental muy intenso”.

Tiene que fluir: no es mala idea planear ser amable. “¿Qué tiene de malo que me programe para ser buena persona? Es otra pregunta que hago en mi libro porque siento que la sociedad colombiana lo necesita. No solo he llevado mis charlas a empresas, también a comunidades duramente azotadas por la violencia (…) La amabilidad sirve en los procesos de reconciliación, es un camino a la paz porque supone tratarnos bien”.

 

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